Me resistí a pensar que Olga Guillot hubiera muerto tan rápidamente y sorpresivamente, que sus amigos apenas si alcanzamos a digerirlo. Mauricio Zeilic, decano del entretenimiento hispano en los Estados Unidos y alguien tan cercano a ella como un hijo me había llamado la madrugada del lunes:
"Está muy mal y probablemente no la libre". Y efectivamente así sucedió. Semanas antes habíamos hablado, y en ella todo eran preparativos:
"Me marcho en unos días a mi México querido. Ahí en Ciudad de México pasaré todo el calor del verano, aprovecharé para estar con todos mis amigos. No hay nada como esa ciudad a la que quiero con locura". Y en verdad que lo decía con el corazón.
Había que escuchar a Olga Guillot hablar de México para darse cuenta del inmenso amor que sentía por el país que ella adoptó como suyo hace más de 50 años y era un amor recíproco:
"Siempre que alguien me llama Olga de Cuba, yo aclaro: Olga de Cuba y Olga de México, porque sin 'mi' México mi carrera no hubiera sido lo que fue".
Ella sabía que "su" México la adoró y que "Miénteme" o "Tú me acostumbraste" se convirtieron en himnos para millones que se enamoraron al son de ellas. Era una delicia escucharle hablar del México del cine dorado y del ambiente musical de los cincuenta, sesenta, setenta. Dueña de una gran memoria, en noches entre amigos revivía aquel México de los cabarets de antaño, El Patio, el Capri, el Quid, el Stelaris. Embelezada la escuchaba contar historias con Maria Félix, Ernesto Alonso, Lola Flores. En su casa se comían los mejores chilaquiles porque era tan mexicana como cualquiera que ha nacido en nuestra tierra, pero también era más cubana que ninguna.
"No quiero irme sin ver a mi Cuba libre, pero mientras no haya democracia en mi patria no regreso".
Olga ya no regresó y duele aceptarlo.
Olga tampoco vio algo que seguramente le hubiera fascinado saber: que su ataúd fue llevado en procesión por su amada Calle Ocho de la Pequeña Habana de Miami y que antes del velorio, su cortejo se detuvo frente al famoso restaurante "Versalles", el sitio en donde miles de veces en su largo exilio compartió con amigos una buena Ropa Vieja con arroz, maduros y frijoles, y que ahí mismo decenas de dolientes con banderas cubanas en mano, salieron a darle el último adiós sabiendo que la Guillot iba a ese viaje, protegida con algo que amó por encima de ella misma: la bandera de su patria que la envolvió hasta el final.
Sólo duele pensar en algo que la rápida y sorpresiva muerte le privó: que las maletas quedaron hechas en Miami y que no pudo regresar a su departamento de la Colonia Polanco que hoy ha quedado por siempre esperando la llegada de quien si bien fue Olga de Cuba, también adoró saberse... Olga de México.
María Antonieta Collins
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