11/06/2010

Periódico El SOl de México
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La reivindicación de Lecompte

Desde Miami

Me senté a observarlo mientras hablaba y en silencio mi primer pensamiento fue recriminarme el juicio apresurado al que me llevó en su momento la ola mediática que acompañó a la liberación de Ingrid Betancourt en Colombia aquel miércoles 2 de julio de 2008. Entonces fui de los cientos de periodistas intrigados por aquella fría recepción de Ingrid hacia Juan Carlos Lecompte, su esposo de más de una década a quien únicamente dio una palmadita en la mejilla al verlo ahí, esperándola en la pista del aeropuerto militar a donde llegaron liberados los quince rehenes que lo habían sido de las FARC.

La burla y la ironía comenzaron a acompañar a Lecompte desde aquel preciso instante donde únicamente su papel fue cargar la pesada mochila con la que su mujer regresó de la selva. Cargar la mochila y la palmadita en la cara lo convirtieron entonces en el blanco de la maledicencia popular.

"Lo trató peor que a un perro" -afirmaba casi un 95 por ciento- al ver todo aquello escribí entonces en este espacio semanal que había que rectificar y pedí respeto para mi can favorito. "Mi adorado perro Dumbo recibe millones de cariños cada vez que llego de un viaje, por lo tanto favor de no comparar".

Pero hoy no se trata de hacer un recuento de entonces, sino de lo que hoy sucede.

Un Juan Carlos Lecompte inteligente, sensato, caballeroso llegó a Miami con su nuevo libro en la mano: "Ingrid y yo, una libertad dulce y amarga".

Debo confesar que lo devoré en un par de horas y que me produjo de inmediato lo mismo, un sentimiento de culpa y la necesidad de escribir estas líneas.

En las escasas 170 páginas responde las interrogantes que queríamos saber: ¿Qué hicieron en aquellas horas que siguieron a la liberación?, si se dieron un beso, si se abrazaron, vaya, si tuvieron ellos dos intimidad luego de aquellos años soñando -por lo menos él- con volver a verse. Lesiona entonces conocer la condición humana.

De acuerdo a Juan Carlos "la palmadita del aeropuerto" fue una bofetada para su alma, peor aun, fue el abandono instantáneo y la petición del divorcio hecha el mismo día que el padre de éste se encontraba tendido en la funeraria. Nunca más volvieron a estar juntos.

No hay que saber mucho para entender que algo muy grave debió haber guardado Betancourt para sus adentros, que le provocara semejante reacción ahí mismo, frente al mundo. Lecompte acusa a su entonces suegra de haber colaborado para que Ingrid en medio de la selva y la desazón supiera que el marido le había sido infiel "con una mexicana" algo que niega categóricamente y explica y señala a la autora -una periodista colombiana despechada por no darle sus favores-.

Nadie imagina que fue lo que Ingrid trajo en la mente de regreso de la selva, lo cierto es que el amor por quien la esperó pacientemente, por quien emprendió una lucha para que su nombre no fuera parte del olvido, ya no existió a partir de la liberación.

Lecompte reconoce haber sufrido depresión y angustia y rabia, pero no arremete en contra de ella, no lo hace ni siquiera por no haberlo mencionado en una sola ocasión cuando agradecía al mundo por su libertad, algo que lleva a la reflexión. Aun con eso el exmarido no la daña, en realidad en todo momento es mas crítico hacia el presidente Álvaro Uribe, dejando entrever que hubo algo mas que un espectacular operativo para liberar a todos, y por supuesto que se muestra elegante escribiendo una corta y dulce venganza hacia su exsuegra.

Hoy, como muchos confiesa estar a la espera de las memorias de Ingrid para encontrar respuesta a lo que ella nunca le aclaró.

Lecompte sabe que hasta entonces podrá conocer la respuesta a todo aquello que le ha atormentado, y que por simple generosidad no merecía. No puedo evitar advertirle de algo peor: quizá se quede con la duda para siempre, -si ella decide como en aquel julio de 2008-, ignorarlo y borrar hasta su nombre de sus memorias.
 

 

María Antonieta Collins


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