Resulta que hace poco la tecnología y un progresista comité quería borrarlo del mapa y enviar al olvido al único ferry operado a mano que queda en los Estados Unidos para reemplazarlo con un puente, algo que afortunadamente los residentes lograron impedir. Es imposible negar que este punto más que diminuto de la frontera entre los dos países tenga tanta historia para ser sepultado de un plumazo.
En 1740 Los Ébanos ya era un cruce entre indígenas y españoles. Más tarde una guarnición donde descansaban colonizadores y expedicionarios, como José de Escandón, de gran influencia en estas tierras. Este mismo sitio sirvió a las tropas americanas como refugio durante la guerra con México en 1846.
Años más tarde fue abandonado y se convirtió entonces en guarida de cuatreros y bandidos que comerciaban por este punto los artículos prohibidos entre los dos países, lo que se continuó hasta después de la gran prohibición en los Estados Unidos, cuando el alcohol, especialmente el tequila, era contrabandeado a toda hora y en grandes cantidades por el lugar. Después vino el tiempo de ganar otra vez el sitio para hacer un asentamiento urbano con gente de bien que llegó a poblarlo, hasta que en 1950 entró en operación el único cruce fronterizo que existe, concesionado por el gobierno norteamericano a particulares: un ferry que, para cruzar de orilla a orilla el río, es operado manualmente, es decir, jalando enormes y resistentes cuerdas por manos humanas y que de esa forma ha estado en los últimos sesenta años.
Así ha sido la historia. Hace años entrevisté a la familia de don Beto Reyna, muchos de ellos con las manos profundamente llagadas, ya con callos, testigos mudos de la fuerza que emplean para mover al ferry, en donde por viaje se transportan, junto con las mercancías y los pasajeros, hasta tres autos.
Por todo esto, me dio un gran dolor cuando me enteré que a nombre del progreso todo eso iba a desaparecer. Ignoraba que se habían formado grupos de defensa del ferry de Los Ébanos, y finalmente supe que sus voces fueron escuchadas y que se quedaría operando ininterrumpidamente.
Ninfa Sánchez, una tejana que cruza a menudo a Díaz Ordaz, México, a ver al dentista, es una de las más felices: "A mis setenta años, imagínese que yo tenía diez años cuando mis padres me llevaban a México cruzando en el ferry. Si lo desaparecían, nos iban a quitar un pedazo de nuestra vida. Ni siquiera el huracán "Beulah" en 1967, que casi acaba con Los Ébanos y nos inundó hasta la cintura, sacó al ferry de circulación, mucho menos íbamos a permitir que lo hicieran los hombres hablando de volvernos modernos".
Doña Ninfa me reconforta y me hace sentir feliz, ya que por haber reportado unas cuantas historias sobre él me hubiera sentido huérfana si desaparecía, ya que venir a este punto de la frontera, a una media hora de McAllen, se ha convertido en algo obligado siempre que viajo a la zona. ¿Por qué tanta fascinación? Quizá porque es de las pocas cosas auténticas que la civilización no ha podido matar y, por tanto, es algo que por lo menos tiene que verse una vez, para sentirse en el pasado... y con eso me basta.
María Antonieta Collins
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