15/01/2010

Periódico El SOl de México
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Haití: una prueba para la fe

Desde Miami
La blancura del palacio presidencial de los tres domos me impresionó desde el primer momento en que llegué a Puerto Príncipe en la década de los noventa donde estuve cubriendo las noticias de Haití durante tres años continuos en un constante trayecto desde Miami en los tiempos de la dictadura del Raúl Cedrás. Estando ahí a menudo me preguntaba ¿cómo en medio de la miseria en la que vive el país más pobre del hemisferio podía erigirse algo tan opulento? Es la herencia de "Papa Doc" me respondían, refiriéndose al sanguinario dictador haitiano.

Era el momento de la intervención norteamericana, del exilio del dictador y del regreso de Jean Baptiste Aristíde quien tomara posesión en la más festiva ceremonia que el pueblo haitiano recordara en el blanco palacio.

"Solo es espectacular por fuera, por dentro ya no hay ni muebles -me decían colaboradores del entonces nuevo gobierno- la gente de Cedrás se lo han llevado todo".

Aun así, aquella construcción colindando con la pobreza en los vecindarios que lo circundan era grandioso, aunque hablo en pasado porque desde el martes por el terremoto, el blanco palacio de los tres domos ya no existe como tal, sino en ruinas.

Como millones quedé noqueada con las primeras imágenes tomadas por un celular donde todo lo que se podía observar desde una colina en las alturas de Petionville, era una enorme nube de polvo en la que había quedado convertido Puerto Príncipe. Era la visión de una tragedia que ha mostrado a los haitianos en una dimensión que lesiona: cantan y rezan y dan gracias por la ayuda que están recibiendo.

Lo hacían entonces como lo hacen hoy. No entendía la nobleza de quienes sin tener nada para comer siempre hallaban fuerzas para salir a cantar y cantar. Cantaban entonces porque los "Tonton macoute" la desalmada policía creada por Duvalier ya no saldría a masacrarlos. Cantaban dando gracias porque había vuelto "Tití" como llamaban a Aristíde, no importa que años después lo hayan corrido en medio del desencanto.

Jamás olvidaré que cantaban porque les habían hecho la mayor promesa de campaña política: ¡sacarlos de la miseria en la que vivían para colocarlos en la pobreza!

En las escasas imágenes ahora también les he visto cantar, hoy en forma diferente porque lo hacen hacia el cielo, hablándole a Dios de tú, en medio de la devastación ya que no olvidan que al margen del vudú son un país eminentemente católico en un ochenta por ciento y probablemente la fe sea lo único que los mantenga en pie, aun cuando su catedral y su arzobispo murieran en el terremoto que no respetó nada ni a nadie.

Pero hoy la tragedia no les ha borrado la esperanza, aunque tardarán en ver abiertos los cielos, sin embargo, saben que la ayuda terrenal está llegando de todo el planeta.

A pesar de todo esto, con la experiencia de haber vivido en ese país donde a menudo negocian con fantasmas de todo tipo, me pregunto ¿cómo irán a hacer para que los más necesitados tengan lo que tanto necesitan? ¿Cómo sobrevivirán sin una cultura de terremotos como la tenemos los mexicanos? Especialmente cuando no hubo gente suficiente para rescatar a los atrapados en las primeras horas después del terremoto y las pocas máquinas pesadas ya han entrado a remover escombros, provocando que los que quedaran vivos entre los escombros perdieran las esperanzas de sobrevivir. En medio del desastre ellos no lo saben, pero los que sufrimos por un sismo como el de México en 1985, sabemos que así es.

Platico con un grupo de ministros religiosos que han fletado un avión que hace unas horas salió de Miami con donaciones y con algo en la mente: Para Haití, con miles de muertos entre los que nada tenían, ésta es la más grande prueba para su fe, a fin de cuentas lo único que les queda.

María Antonieta Collins


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