Después de los ataques, durante un par de años mi deporte favorito fue intentar descubrir al marshall que viajaba anónimo entre los pasajeros en cualquier vuelo de un avión que fuera susceptible de secuestro y de ser empleado como arma letal. Me encantaba descubrirlo y con eso sentirme más en paz cuando la paranoia de aquellos muertos nos plagaban a todos. Los marshalls -hombres y mujeres- iban en las grandes aeronaves que realizan los trayectos de una costa a otra o de Europa y América Latina a los Estados Unidos, porque van cargados de una gran cantidad de combustible que los convierte en verdaderas bombas para derribar edificios, si son dirigidos contra éstos, pero aparentemente eso ya no sucede nunca más porque las políticas se borraron y nadie sabe cuándo ni cómo descontinuaron la medida.
Lo cierto es que los pasajeros nuevamente estamos a expensas de los secuestradores, y la lección del 911 es tan vigente que la muestra fue el pasajero holandés que venía en el avión donde el nigeriano quiso volar la nave, y quien valientemente se le abalanzó hiriéndolo y evitando con eso que detonara los explosivos que traía y con los que los iba a matar a todos.
Por supuesto que un marshall aéreo hubiera disparado tal y como fue entrenado: para dar con una sola bala en el blanco y evitar que los pobres viajeros resolvieran por ellos mismos el mortal peligro, sólo que no había ninguno. No lo dijo con su nombre, pero el presidente Obama se refirió a esto en su mensaje de ayer.
Pero si de peligros se trata, ahora hay que temer de muchas cosas más, entre ellas de las revisiones con rayos X y no por otra cosa que no sean importantes motivos: uno moral y el otro de salud.
Comienzo con el moral. La revisión por imágenes, que dura siete segundos, es precisa y dicen los defensores de los derechos que las ondas de radio que producen las imágenes penetran cuatro milímetros en la piel, de manera que cualquier objeto escondido puede ser hallado. El problema es que muchas partes del cuerpo pueden ser reconocidas fácilmente y en tercera dimensión.
En realidad eso no me quita el sueño porque se ha probado hasta el cansancio que no hay capacidad de almacenaje de las famosas imágenes y que el técnico que las interpreta no puede ver la cara del pasajero y que éstas no se guardan. Lo que sí me preocupa enormemente sigue siendo lo desconocido de un potencial peligro de radiación cada vez que un pasajero se someta a las revisiones con la máquina en sus dos versiones.
Dicen los enterados que mientras un sistema utiliza una energía electromagnética, la radiación es diez mil veces menor que la que está permitida en los celulares. En tanto en el otro sistema los rayos X empleados equivalen a la radiación que se recibe durante dos minutos en un vuelo de avión a gran altitud.
Por lo pronto son 19 aeropuertos estadunidenses los que ya les utilizan con una filosofía que explican para quien la quiera creer: si el beneficio significa que se está seguro, entonces hay que sopesar y entender el riesgo. Y con esos truenos... ¿quién dice algo?
María Antonieta Collins
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