27/11/2009

Periódico El SOl de México
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Thanksgiving: El arte de dar gracias

Dese Miami
Aquel noviembre de 1979, recién había llegado a vivir a los Estados Unidos, comencé a adoptar una tradición que poco a poco y con el tiempo se hizo mía también: la de reunirse a la mesa a dar gracias cada cuarto jueves de noviembre en la festividad de Thanksgiving, rindiendo honor a los peregrinos ingleses que en 1622, justo al año de haber emigrado de Inglaterra por una persecución religiosa y de haber sobrevivido un crudo invierno casi sin comida y muriendo de frío, pudieron sentarse a la mesa a compartir los alimentos que habían cosechado, junto a los indígenas que les ayudaron a sobrevivir.


A la par con la historia, el Thanksgiving de 1979 fue para mí uno del tiempo de las vacas flacas. Recién llegada a California como corresponsal de Jacobo Zabludovsky y sobreviviendo a unas cuantas devaluaciones del peso que hacían mi sueldo más pequeño, aquella cena fue una de austero presupuesto que no dio más que para unos cuantos tacos y "burritos" en Taco Bell.

Tiempo después con cada año y la prosperidad, la fecha fue viviendo tiempos mejores y cada vez más sublimes. Jamás olvidaré el Thanksgiving de 1986 en Los Ángeles, en casa de Felipe el "Tibio" Muñoz, entonces reportero de KMEX Canal 34 de Univisión, reunidos con sus hijos, entonces niños y quienes estaban felices de escuchar la versión que yo les daba como espectadora del día aquel en el que su padre ganara la primera medalla de oro en natación para México en las Olimpiadas del 68. Las caras de orgullo de aquellos niños que, a pesar de saber desde que nacieron la hazaña, hicieron aquel Thanksgiving maravilloso, especialmente cuando luego de la cena todos terminamos alrededor del televisor viendo el video original de México 68, y yo supe que tenía que dar gracias por lo que nunca hubiera imaginado: que algún día compartiría la mesa con mi ídolo deportivo como me sucedió en esa ocasión.

Y vinieron muchas otras cenas de Acción de gracias. De las más memorables, aquellas doce que pasamos juntos a nuestros hijos, sin olvidar la amarga conmemoración luego de su muerte, y también las de todo este tiempo donde me sobran las invitaciones para sentarme a la mesa de amigos entrañables.

Así, treinta años después de mi primer Thanksgiving, hoy la perspectiva del sagrado día sigue siendo la misma: el agradecimiento por cada uno de los dones recibidos, por mi hija Antonieta, nacida aquí; por las oportunidades que difícilmente hubiera tenido en otro lado. Es saber dar gracias por vivir y ejercer la democracia, por un país que es libre, por aprender la lección del sufrimiento para poder levantarse de nuevo, tal y como nos sucediera a todos los que vivimos en los Estados Unidos luego del 11 de septiembre de 2001.

De pronto veo que son tantos los recuerdos que me olvido de Hugo Chávez, aunque pienso en la colonia venezolana que da gracias por estar a salvo en la nostalgia del exilio, y pienso también en los hondureños que este fin de semana irán a escoger a un nuevo presidente.

Pero es tarde y concluyo, porque, a diferencia de aquel Thanksgiving de 1979, hoy con mi familia fuera y sin motivo como antes de preparar una cena, debo de salir corriendo a encontrarme con los buenos amigos que nunca me dejan sola... ¡Y eso es el principal motivo para dar gracias!

María Antonieta Collins


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