No hubo, para una joven generación de reporteros de televisión en México durante la década de los setenta y ochenta, un paseo más maravilloso que el que en privilegiadas ocasiones, -siempre a la salida de una gran ocasión- él se permitiera darnos a algunos, por su Merced adorada. Jacobo nos dio en aquellas ocasiones la guía más emotiva por las calles del centro, del que conoce cada piedra, cada esquina, cada historia ligada a la suya tan exitosa, y que comenzara tan humilde y tan humana en una vivienda de ese maravilloso centro de la ciudad.
Imagino lo que debió haber pasado por su cabeza mientras recibía el homenaje del cabildo de la ciudad que más bien es suya porque se lo ha ganado por derecho: seguramente pensó en su padre, aquel hombre que llegado de Polonia y asentado en aquellos señoriales edificios y que le enseñó a amar los libros, la lectura, la literatura y la historia. Seguramente que Jacobo mientras leía el discurso que nunca pensó pronunciar, se remontó a su juventud, a los amigos entrañables con los que recorrió aquellas calles: Mauricio Garcés, Antonio Badú o "El Chato" Parada, y seguramente al ver en el recinto de Donceles a Jorge, a Abraham y a Diana, los grandes amores de su vida, junto con los nietos, Jacobo tuvo que tener en mente la historia surgida en aquel centro de México con su amada Sarita Nerubay, la compañera de esa vida tan llena, que tampoco se concibe ni siquiera por un solo instante sin ella.
Jacobo el maestro de la cátedra que se da con sólo escucharlo, merece el homenaje más que nadie. Sin Jacobo el inmenso descubrimiento de Coyolxhauqui, la diosa de la luna, quizá no hubiera sido tan difundido. Fue su idea crear cada noche en aquel "24 Horas" tan suyo, una crónica diaria que narrara la odisea de un Templo Mayor como no hay otro dentro de una gran metrópoli y que pensaba que tenían que conocer aquellos que por vivir en ese centro histórico, seguían siendo sus súbditos, y todos los mexicanos. Así desfilamos por ahí, previo repaso de los libros de Bernal Díaz del Castillo y del Conquistador Anónimo, los reporteros que íbamos a contarle como marchaba la excavación día a día, y a quienes nos cuestionaba minuciosamente antes de aprobar la nota para que fuera al aire.
¿Dónde van a excavar ahora? ¿Encontraron la piedra de los sacrificios?
Es Jacobo el que aprendió entre esas calles centenarias a soñar con Carlos Gardel y con los toros. Es Jacobo hoy por hoy el que más sabe de eso sin que nadie replique en contra.
Es Jacobo el cronista que nos ha dado la oportunidad de saber que entre las calles de su ciudad se encuentra la esencia que nadie nos puede arrebatar.
Por eso y por muchas cosas, entre ellas, que de estar vivo el maestro José Pagés Llergo hubiera aplaudido el nombramiento de Jacobo a más no poder, fue que me emocioné al verlo parado en la tribuna que nunca imaginó pisar como la pieza central de ese magno homenaje, que seguramente le estremeció hasta la médula, pero que merece, como nadie más Jacobo Zabludovsky, ¡Qué caray! |