Al conocerse la noticia, muchos en una reunión donde me encontraba, preocupados comenzaron a exclamar, ¡Santo Cielo! ¡Pobres pasajeros! La verdad, dije serenamente, es que los pasajeros fueron los últimos en enterarse de que eso estuviera sucediendo.
Lo anterior no era el resultado de ser experta en aviación, ni nada que se le pareciera, sino simplemente porque recordé lo que a menudo durante más de cinco años escuché decir al capitán Antonio Sala, experimentado piloto de Aeroméxico, hoy en retiro:
"En un avión hay siempre dos pilotos, el capitán y su copiloto. Ambos están entrenados para realizar la misma tarea, así que, de surgir un imprevisto con uno, el otro siempre puede seguir conduciendo el vuelo y aterrizar sanos y salvos porque esa es su profesión."
Como pasajera, a lo largo de tanto tiempo -donde usualmente llego a viajar hasta doscientos días de cada año- recordar aquello siempre me ha dado una gran calma, especialmente cuando siento que algo podría ponernos en peligro. Exactamente fue lo que sucedió con el vuelo 061 que enfrentó la muerte del capitán ocurrida en medio del Océano Atlántico, suceso del que ningún pasajero estuvo enterado durante el viaje.
"En vuelos largos -me dijo el capitán Sala- generalmente hay un piloto que toma el lugar de capitán y copiloto que lo necesiten, de manera que puedan tomar un momento de descanso, así sucedía en las rutas a Sao Paulo o Santiago."
Esa fue otra afortunada previsión que aunada a varios médicos que viajaban, existió en el vuelo 061: un tercer piloto se encontraba presente, y mismo que tomó el lugar de quien falleciera en el aire.
"Si se dan esas circunstancias, no hay peligro mientras un piloto de los dos habilitados esté en los controles. Si quien muere es el capitán, el piloto suplente toma su lugar, y generalmente el copiloto desde su asiento, -el derecho- puede despegar y aterrizar perfectamente sin emergencia técnica alguna."
Para suerte de los doscientos cuarenta y siete pasajeros, todo funcionó tal y como los manuales y los entrenamientos previenen. Es la diferencia que no existió en el vuelo de Air France donde cada día los detalles nos siguen espeluznando al grado de no querer ver más imágenes, como las que supuestamente están circulando por la internet y que hubieran sido tomadas por un celular durante el accidente y que quedaron almacenadas en un "microchip" recuperado de entre los escombros.
Sigo pensando en las coincidencias afortunadas para todos aquellos que se embarcaron en Bruselas sin imaginar lo que el destino les tendría preparado.
¡Pobres pasajeros! volvieron a decir mis amistades de la reunión donde me encontraba, No -respondí de inmediato- La pena es en verdad para el piloto que subió al avión sin poder darle un beso a quienes quería, sin pedir perdón a quien hubiera ofendido, y peor aún, sin poder decirle a alguien, te quiero.
Siento pena porque no supo que ese sería su último vuelo, y eso sí que da pena.
María Antonieta Collins
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