Lo peor son las respuestas. Todavía me indigna la que sin remedio escuché el otro día cuando dos mujeres platicaban tan animadas sobre ``la noche anterior'' justo ahí, en la cola, sin moverse un solo milímetro y dejando cada vez un hueco mayor porque los que estaban delante de ellas ya habían llegado al principio.
``¿Por qué no avanzan? Les reclamaban, a lo que una de ellas de inmediato respondió: ``¿Cuál es la prisa? ¿A dónde quiere ir? ¿Quiere pasar por encima de mí? ¡Hágalo!''
Acto seguido, como si no existieran los furiosos clientes detrás, feliz volvió a la plática con la amiga, dejando un espacio mayor a propósito, en una obvia acción para molestar.
El asunto no terminó hasta que finalmente la llamaron a la caja e, ignorando las miradas furiosas que la observaban, toda oronda fué, pagó y se marchó.
¿Dígame si esto no le ha sucedido y si no le ofende tanto como a mí?
Es la prepotencia cotidiana en su más sublime expresión.
Es cierto que en medio de una larga cola no hay mucho que hacer, cierto es también que, como dijo la mujer, los que estábamos detrás no teníamos a donde ir que no fuera esperar el turno y peor aún, que nadie iba a pasar materialmente por encima de ella para quitarle el lugar, ¡por Dios!.
La verdad es que en esos casos no sólo se requiere de paciencia sino de la más elemental cortesía. Sugiero algo: en una cola, por favor avance tan pronto como la persona delante de usted lo haga. No se entretenga pensando en ``la inmortalidad del cangrejo moro''. De esta forma, moviéndose, a todos se les hará menos tediosa la espera.
Es cuestión de psicología callejera, esa que, a fin de cuentas, no cuesta nada y nos hace sentir mejor. ¿No cree? •
María Antonieta Collins
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