Es un miedo que me hace temblar nada más de estar dentro del pequeño lugar. No es claustrofobia. Es terror a ese algo que, despiadado, nos ataca a veces con una sola imagen, pero, que dependiendo del sitio, nos llega a mostrar hasta en tres dimensiones. Me refiero a esos silentes conspiradores que son los espejos de las tiendas de ropa femenina.
No hay sitio donde esos espejos no la hagan a una lucir peor. No importa la pieza de ropa que se esté probando. La situación se torna dramática si se trata de ropa interior porque ahí si que por delante, detrás o de costado todo se ve peor y la cosa sigue siendo mala con blusas, faldas y pantalones.
Son espejos descarnados sin compasión de que estemos en plena dieta, espejos que conspiran para mostrarnos fuera de forma, flácidas. De la celulitis ni hablar, porque la aumentan y nos damos cuenta de que la tenemos donde menos nos imaginábamos. Salgo de ahí con ganas de todo, menos de comprarme ropa. A lo mejor lo único que debo buscar es una crema contra la celulitis.
Comento esto con la vendedora, quien lejos de enojarse, me entiende.
``Tiene usted toda la razón, pero no está sola. Es la misma queja que escucho a diario. La verdad es que son espejos de mala calidad y por eso es que deforman el cuerpo''.
¿Acaso no deberían cuidarlos para que nos mostraran lindas nada más de pararnos frente a ellos?, pregunto.
``Sí'', me responde, ``pero la verdad es que en estas tiendas por departamentos se planea todo menos los espejos y las luces. Si pensaran en eso, buscarían los mejores, los más caros, así no sólo las clientas estarían satisfechas, sino que por supuesto aumentarían nuestras ventas, porque todas quisieran quedarse con eso que las hace sentir tan bien''.
Estoy de acuerdo con ella mientras doy una última mirada al espejo conspirador y pienso en la malvada madrastra de Blanca Nieves, que de haber tenido uno parecido jamás se hubiera atrevido a preguntarle: ``Espejito, espejito, ¿quién es la más bella?''
María Antonieta Collins
|