12/05/2010

Periódico El Nuevo Herald
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Una insoportable compañía

Fue tan grosera, que he tenido que escribir esta columna por si algún día usted tiene que vivir el tormento de una insoportable compañera de vuelo, como la que encontré en un vuelo de la Ciudad de México a Miami.

Nada más sentarse junto a la ventanilla, a mi lado, supe que habría problemas: de inmediato aquella mujer madura, elegantemente vestida toda de negro, subió los pies a la abertura entre los dos asientos tocando con sus tenis Chanel el codo de los pasajeros sentados delante de nosotras. Su voz fuerte y chillona lesionaba por el tono que usaba.

"Un tequila --pidió a la asistente de vuelo-- ¿Qué no tiene tequila? Entonces deme un Ice tea. ¿Qué tampoco tiene? Entonces hágame uno con té caliente y hielo''.

Sin dar las gracias dijo: "Guárdeme lo que sobró para después''.

De pronto me tocó el hombro: "Dile al de la ventanilla de enfrente que la cierre para poder ver la película''.

Durante el viaje fue al baño cuatro veces y, para pasar, ni una palabra, solo señas con la mano para que me levantara. Me quedé boquiabierta cuando a un pasajero que tenía su asiento reclinado sobre ella, ¡le dio de golpes en el respaldar para que lo enderezara!

Más adelante vino la comida. Sentada junto al pasillo me preguntaron primero a mí si quería el plato con pescado y pasta, y acepté. "¡Yo también quiero eso!'' dijo ella, pero el mío era el último. Le ofrecieron empanadas.

"Entonces no quiero nada''. Malvadamente, simulé saborear aquel platillo.

En una de sus idas al baño, el pasajero del frente preguntó: "¿Por qué esta patética versión de Meryl Streep en The Devil's Wear Prada no viaja en avión privado y nos deja en paz?

Es cuestión de clase --respondí. No imagino haciendo eso a Miranda la mujer de Julio Iglesias o a Gloria Estefan, o a miles más que son señoras por su gran clase y su don de gentes, no por los millones en el banco, algo que esta mujer nunca jamás podrá tener o comprar.

Casi aterrizando se puso a "textear'' en su Iphone. En dos ocasiones la sobrecargo le pidió apagar el aparato, "¡Me faltan unas palabras!'' --respondió altanera.

Poco después comenzó a perfumarse, rociándonos a todos.

Sentí pena por quienes trabajan con ella, por su esposo y su familia, que deben tener una coraza de rinoceronte para soportarla. ¡Qué horror tenerla de suegra!

Yo, si la vuelvo a ver, prometo huir y decir: Cruz, cruz, que se vaya el diablo y venga Jesús. • 


María Antonieta Collins


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