``Me convenía convertir mi hipoteca actual de 15 años en una de 30 porque he perdido mi empleo fijo y con el dinero que voy teniendo con mucho esfuerzo, y estirándolo, he ido pagando puntualmente todas mis deudas ya que no quiero dañar mi crédito, que es algo sagrado para mí. Si puedo bajar el fuerte pago de la hipoteca acordado cuando quería liquidarla a menor plazo y podía hacerlo, eso me va a ayudar a resistir la crisis hasta que encuentre otro trabajo fijo''.
Por otros lectores de esta columna sabía de malos procedimientos, pero me negaba a creerlo hasta que me llegó esta historia.
``Después de seis meses de espera me contactó el banco --dice la lectora--, y cual no sería mi sorpresa al escuchar que como estoy al día en mis pagos y mis otras obligaciones, y como además mi puntaje de crédito es mayor que el que tenía el año pasado, lo que prueba que puedo pagar ¡yo no era prioridad para la modificación!''
``Furiosa le dije que me estoy quedando sin dinero para sobrevivir y que la modificación me daría un respiro financiero, y su respuesta fue peor: ``Mientras usted pague su hipoteca a tiempo difícilmente veremos una necesidad para ayudarle.'' Colgué el teléfono y hablé con un abogado de esos de los anuncios en las calles y quien sin demora me recomendó: ``Deje de pagar y en tres meses le lloverán las ofertas, se le dañará el crédito pero logrará la modificación''.
``Me siento decepcionada --sigue contando la lectora-- ¿Cuál es el límite entre lo honesto y lo que hacen los demás para tomar ventaja del sistema? ¿De qué sirven los esfuerzos para cumplir con las deudas, si la verdad no cuenta, y hay que mentir?''
Hace poco, volvió a llamarme:
``Me resisto a perder mi crédito y a mentir. Demandé al banco para que apliquen una ley aprobada para personas como yo, que tenemos mermados los ingresos pero que no debemos la casa y que alcanzamos la modificación. Eso, antes que aceptar la indecorosa proposición''.
Y a la distancia aplaudí su valentía.
María Antonieta Collins
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