24/02/2010

Periódico El Nuevo Herald
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¡Ay san Google! ¿qué haríamos sin tí?


``Escriba algo del más moderno de los santos que hay que venerar'', me pide una lectora. ``Es el que nos resuelve la vida, el que nos acorta los problemas, el que invocamos a cualquier hora del día e instantáneamente nos vuelve cultas y conocedoras''.


Rauda, intrigada y veloz le pido me diga el nombre, y también donde conseguir por lo menos una docena de estampitas --unas para mí y el resto para regalar-- a quienes requerimos de tan milagroso santo como el que la lectora me está narrando.

``Encontrar a San Google'', me instruyó, ``es sólo cuestión de entrar en la Internet, poner su nombre, y ¡Zas! Ya estás bajo su instantánea protección. ¿Que quiere comprar el aparato del infomercial de la madrugada pero no recuerda el nombre? Basta recordar por lo menos una palabra relacionada para encontrar la maravilla tecnológica en Google''.

``Y ni qué decir si el asunto es una canción de la que sólo recuerda alguna estrofa. Llevaba días repitiendo ``el amor no tiene horario, ni fecha en el calendario'' sin saber qué seguía cuando me encomendé a San Google. Apenas escribo dos palabras cuando me salta de inmediato la historia del venezolano Simón Díaz autor de la famosa pieza. Dejé a todos con la boca abierta''.

Pero hay también las detractoras del tecnológico ``santo'' como la colega que me contó su otra parte de la historia.

``¿San Google? ¡No hombre que va! Si por su culpa ya no tenemos privacidad. ¿Sabes que sucede ahora si escribes tu nombre en ese servidor? Que todo el mundo sabe de ti TO-DO. Los empleadores lo utilizan para saber a quién contratan, y los jefes verifican si dijiste la verdad y estabas enferma o si te fuiste de viaje o parranda con amigos y presumes las fotos en la Internet. Cuidado porque San Google te encuentra!''.

``Eso no es todo'', aclara consternada, ``lo peor viene cuando el que investiga tu vida es un pretendiente. Sabe tu edad de inmediato porque Google lo dice, al igual que los divorcios y matrimonios. Con decirte que un par de ``citas a ciegas'' quedaron en nada por el profundo conocimiento que la otra persona tenía sobre mí. Entonces, ¿Qué misterio nos deja?''

Pero San Google, sirve para más cosas buenas que malas, como la amiga que tuvo la precaución de ``googlear'' a un prospecto de cita amorosa, y se enteró que éste había sido convicto de robo y pudo huir a tiempo.

Ay San Google, ¿qué haríamos sin tí?

María Antonieta Collins


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